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La carrera de la rata

Había una vez una niña que creía que era capaz de lograr todo lo que se propusiera y que tenía la fortuna de tener un papá que también creía que ella podía lograr todo lo que quisiera. Aunque tenía 2 hermanos varones, por esa misma convicción de su papá, esa niña no se enteró que el mundo fuera de su casa estaba inundado de mensajes diciéndoles a las mujeres y niñas que no pueden lograr todo lo que quieren.


Esa niña era yo. Y cuando descubrí que el mundo real no es ese lugar lleno de oportunidades para quienes quisieran aprovecharlas, sino que la mayoría de esas oportunidades estaban ya reservadas, tuve que cuestionar mi lugar en ese mundo.


La independencia financiera ya no es algo opcional para las mujeres, es algo que debemos buscar (https://www.ellaxella.net/post/money-money-money) y salvo las mujeres que tienen la suerte de tener un patrimonio heredado de su familia, para el resto, la única forma de lograrla es trabajando e invirtiendo.


Y ese trabajo en mi caso se veía como un trabajo corporativo en un banco. Nunca se me pasaron por la cabeza otras opciones de ingresos, o tal vez sí se me pasaron pero las ignoré. No había símbolo de mayor éxito a mi alrededor que trabajar en un banco, sobre todo, uno gringo. Y eso hice y eso logré, en el de más renombre que conocía, ahí entré a trabajar.


Aunque no era tan jóven de edad, me sentía como una niña que tenía todo por aprender. Me sentía tan agradecida por la oportunidad de trabajar en un lugar que impacta de múltiples formas a millones de personas que no me lo podía creer y estaba tan convencida de aprovechar esa oportunidad que sentía única, que no me importaba nada. No me importó que al poco tiempo de empezar después de algunos movimientos en el área que trabajaba, terminé reportándole a una mujer muy desagradable y experimenté por primera y última vez lo que llaman “Mobbing”, que es básicamente acoso laboral. Sólo salí de ahí porque junté valentía y le toqué la puerta al nuevo director del área al cual no conocía ni me conocía, ni era cercano a su nuevo equipo de trabajo. Aunque seguramente pensó que era una completa desquiciada, me sacó de ese lugar y me puso a trabajar con una persona brillante que considero mi amigo al día de hoy.


Tampoco me importó cargar completamente con el segundo turno, tener dos trabajos de tiempo completo (https://www.ellaxella.net/post/el-segundo-turno-2) y estar completamente exhausta todo el tiempo. Estaba convencida que valía la pena y que lo que estaba aprendiendo valía eso y mucho más.


Los primeros años me sentía “la extranjera”, la que no pertenece, la que no sabe, la que no entiende. Sin dudas sufría del famoso Síndrome del Impostor, con miedo a que los demás “descubran” que realmente no sabía nada y que no tenía un lugar ahí.


Con el tiempo, gracias a mi brillante jefe y mi inagotable inquietud, los proyectos se empezaron a volver más interesantes y desafiantes, y se me fueron abriendo más oportunidades de interactuar con el vasto mundo de ese gran edificio donde todos los días muchos cientos de personas iban a trabajar.


Si bien el Síndrome del Impostor seguía muy latente, empezaba a sentirme parte de esa coreografía de trabajo corporativo. Recuerdo que me sentía validada cuando en las reuniones mis ideas y opiniones coincidían con las de los directores “importantes”, personas que admiraba y de las que intentaba aprender lo más posible. Por ese entonces aprendí la frase en inglés “great minds think alike” que significa que las grandes mentes piensan de forma similar, y ese era el mayor cumplido que me podían decir.


Recordando esos años, me recuerdo como una persona sumamente trabajadora, inquieta, agradecida, siempre pensando en cómo mejorar personalmente y los proyectos en los que estaba, humilde y con la mejor actitud. Solo mostrando mis garras en alguna ocasión que lo ameritara, que lamentablemente sí se daban de vez en cuando, ya que tenía una clara convicción que nunca más dejaría que me volvieran a acosar laboralmente ni a nadie que estuviera trabajando cerca de mí. Tenía una identidad cien por ciento atada a mi vida laboral. Tal vez porque mi vida personal, con mi familia y amigas lejos y dos bebés que dependían totalmente de mí, se veía muy cansada y solitaria. Y tal vez por esa necesidad de probar mi valía.


Si bien para ese entonces ya me había cruzado con el libro de Sheryl Sandberg, Lean in, y tenía una idea de las inequidades de género existentes en el trabajo, no podía identificarlas así me pasaran por enfrente con luces de neón. No era consciente de mi aporte y entrega hacia la institución, lo daba por sentado, era lo mínimo, según mi cabeza, por todo “eso” que estaba recibiendo, que era un salario no tan bueno, aprendizaje, algunas prestaciones pero sobre todo, un sentido de pertenencia.


Muchas veces me dijeron que no me tomara el trabajo tan en serio, que no me iba a pagar todo lo que le estaba dando, que me esforzaba demasiado, y el peor de todos los comentarios, que era el héroe desconocido. Esa frase permanece conmigo al día de hoy, y a veces la repito como mantra pero en opuesto: “no soy el héroe desconocido”.


Poco antes de que estallara la pandemia me ofrecieron trabajar en un gran proyecto, el más importante hasta ese momento en mi vida profesional. Significaba un gran reto y un gran sueño. El sueño era cambiarme al área de digital como Product Manager y el reto era crear un nuevo módulo dentro de la app del banco con mi propio presupuesto.


Dos años después salí de esa pandemia y de ese proyecto transformada. Esos dos años trabajé y estuve más enfocada que nunca antes, puse toda mi energía y mi tiempo en crear el mejor equipo posible y una forma de trabajo eficaz entre las múltiples áreas para que este proyecto viera la luz con éxito, lo cual por suerte pasó. Pero no solo se transformó la app del banco con un nuevo módulo, sino que me transformé yo.


Al trabajar desde casa con un equipo 100% remoto y del que solo había visto personalmente a 3 de las casi 50 personas que éramos, muchas cosas del día a día de la vida de la oficina desaparecieron.


Trabajar en un gran edificio lleno de gente conlleva la relación con muchas de esas personas, lo que normalmente se conoce como la política dentro de las oficinas. Según un artículo de Harvard Business Review, esta es un rango de esfuerzos informales, no-oficiales y a veces detrás de escena que ocurren en todas las organizaciones donde las personas se posicionan a ellas mismas, sus intereses, sus equipos y sus prioridades para hacer que las cosas sucedan. Esta definición más que a “política dentro de la oficina”, se parece a una parte fundamental del trabajo de todo líder de equipo. Promover el trabajo del equipo y el objetivo que persiguen los esfuerzos que se están realizando para lograr que sea visible hacia las demás personas y por lo tanto lograr mayor colaboración de otros, mayor presupuesto y mayor apoyo, es indispensable para no solo hacer que las cosas sucedan sino que permanezcan en el tiempo. También el reconocimiento de la alta dirección y de los pares de que el trabajo que estamos realizando es un trabajo que vale la pena y que aporta valor a la organización y a los clientes o usuarios, es piedra angular para que el equipo se mantenga motivado, enfocado y unido. Al final, nadie quiere ser el héroe desconocido.


Lamentablemente, esta definición de política dentro de las oficinas no es la que a todos se nos viene a la mente en primera instancia.


El mundo corporativo es muy competitivo, y no necesariamente del tipo de competencia contra uno mismo, donde cada persona está enfocada en ser un poco mejor cada día o crear el mejor producto posible para sus clientes. Sino del tipo de competencia donde la gente quiere ganar a toda costa, sin importar las consecuencias que tenga en las personas de alrededor. Según el libro Nice girls don’t get the corner office de Lois P. Frankel, “en un negocio más competitivo, o cuando se trabaja para alguien que valora la competencia, hay que jugar para ganar, o rápidamente te encontrarás en la banca.” Los consejos que da para este caso son del tipo que aprendas a jugar ajedrez y cualquier deporte que despierte tu lado estratégico y competitivo y que hagas una lista de las reglas de juego de tu empresa y que juegues bajo esas reglas, estés de acuerdo o no.


Según el artículo de Harvard Business Review mencionado anteriormente, las personas asociamos la política en la oficina con palabras negativas como “tóxico”, “desmotivante” e “injusto”. Creo que a lo que se refieren es que estas interacciones que se dan entre las personas muchas veces conllevan a perder mucho tiempo y energía en la forma y no en el fondo, queriendo impresionar jefes, haciendo cualquier cosa por hacernos notar, diciendo el comentario “inteligente” en las juntas, hablando con gente que realmente no nos interesa pero creemos que podría ayudarnos. En los casos más extremos pero frecuentes, tener que lidiar con las personas que se la pasan hablando de otras personas de la oficina y nunca para bien, los que creen que la forma de resaltar es minimizando o atacando a otros, los que por decir ese comentario inteligente enfrente del jefe se roban el trabajo o las ideas de otros.


También seguramente quienes asocian la política de la oficina de forma negativa estén pensando en todos aquellos momentos donde no se sintieron escuchados ni visibilizados, aunque no entiendan bien por qué.


Sin duda, la niña que creía que podía lograr todo lo que se propusiera solo por su talento y esfuerzo, jamás habría imaginado todos los aprendizajes que iba a tener.


Empecemos por el primero.


  1. Los hombres son contratados por su potencial y las mujeres por sus resultados. Nadie te dará el puesto que te corresponde, lo tienes que pedir y eso no te lo asegura.


En 10 años de carrera cambié 4 veces de puesto. Las 4 veces obtuve un sueldo bastante mayor al que tenía en el puesto anterior y en 2 de esas veces, ese cambio de funciones y de sueldo fue acompañado por un aumento de letra. La letra es la forma en que las grandes corporaciones definen que tan alto o tan bajo estás en la muy larga escalera corporativa. Mi conclusión después de esos movimientos es que cuando existe un proyecto de alto impacto con un compromiso a muy alto nivel para que se lleve a cabo con éxito, la persona encargada va a buscar al mejor talento posible. En esos casos, las chances de que se contrate a las personas basadas en su talento son mucho mayores. Y si eres una mujer que ha dado buenos resultados en sus proyectos anteriores, es muy probable que te vengan a buscar y te den una oportunidad. Una oportunidad que aunque tu síndrome del impostor te haga dudar de si tienes los talentos para llevarla a buen puerto, lo más probable es que estés más que calificada, dado que a las mujeres nos contratan por los resultados que hemos tenido en el pasado. No se hace una apuesta sobre nosotras de lo que se cree que seremos capaces de lograr, sino que la persona que te está buscando seguramente tiene mucha certeza de que sí eres capaz de lograrlo. Quienes contratan, que en general son hombres, raramente asumen un riesgo a la hora de contratar una mujer, algo que sí hacen con un hombre que según sus ojos, tiene potencial.


Cuando estamos en el “business as usual”, que es la mayor parte del tiempo, la historia es otra. La realidad es que estos 2 cambios de letra nadie me los ofreció, lo tuve que pedir de forma muy explícita. Tuve que ir a reclamar lo que me correspondía por derecho porque el tipo de funciones y responsabilidades que llevaba hace mucho tiempo no correspondía con la letra que tenía.


Esto a primera instancia puede parecer un tema de justicia, que sí lo es, pero en realidad tiene consecuencias que van más allá de eso y que afectan la vida diaria del trabajo. Inconscientemente la mayoría de las personas pensamos que el puesto que las personas tienen en una organización está correlacionado con sus capacidades. Es decir, si una persona tiene un puesto alto será porque la persona tiene mayor conocimiento, habilidades y talento que los que no lo tienen.


Este pensamiento puede hacer que en reuniones donde se tomen decisiones sobre el cauce de un proyecto, se tomen en cuenta las voces de quienes supuestamente saben más porque tienen un mayor puesto y se ignoren las voces de aquellos que tienen menor puesto, cuando en realidad lo que puede estar detrás de eso es que simplemente hay una discordancia entre el conocimiento, el talento y el puesto que tienen las personas.


Dicho de otra forma, es muy posible que estés en una reunión y que haya un hombre al lado tuyo con mayor puesto y mucha menos experiencia y conocimiento cuyas opiniones son las que lideran la conversación mientras las tuyas, por tener un puesto menor aunque tengas toda la experiencia y conocimiento del mundo, no se tomen en cuenta. Directamente ni se escuchen aún cuando tomes el clásico consejo de los libros de liderazgo femenino que tienes que hablar y opinar en las reuniones de forma segura y directa.


Claramente esto lleva a resultados subóptimos para las empresas y sus proyectos, pero también puede llevar a la desmotivación de este talento femenino que puede verse reflejado en deserción laboral o en baja productividad. Pueden surgir pensamientos del tipo “para qué me esfuerzo si igual nadie lo va a tomar en cuenta”. Incluso empezar a dudar de sus capacidades, y comprarse el mensaje del exterior de que sí realmente fuera tan buena, ya le hubieran dado la oportunidad. Pero la realidad no es así, es muy probable que seas una chingona en tu trabajo y que si bien seas apreciada por el mismo, no tengas el puesto que realmente te corresponde y que otras personas, normalmente hombres, a tu alrededor sí lo tengan, se lo merezcan o no. Tú no eres el problema, el sistema lo es.


Lo que está detrás de todo esto es que en el fondo todos queremos creer en la meritocracia, así como queremos creer que la vida es justa. La opción contraria es demasiado cruel y decepcionante. He visto a varios hombres ponerse a la defensiva cuando en alguna conversación salen palabras como “discriminación” o “sesgos de género”. No me ha tocado ver en vivo y en directo a ningún hombre que se sienta cómodo hablando del tema, sino que enseguida se intenta cortar la conversación y hablar de otra cosa.


Al final es probable que los hombres en estos grandes corporativos hayan recibido algún tipo de entrenamiento respecto a género y tengan algunas pautas que tengan que seguir al menos teóricamente, no viven en un tupper, y no quieren ni por casualidad ser salpicados ni por la sombra de que no están siendo justos.


El problema con querer mantener el tema lo más lejos posible es que no se están permitiendo ni siquiera cuestionar el hecho de que pudieran tener algún sesgo de género.


Los sesgos son inevitables, todos los tenemos y la única forma de tener alguna chance de poder controlarlos es siendo conscientes.


  1. Cuanto mejor seas en tu trabajo, menos te van a querer.


En mis primeros años de trabajo corporativo no me tocó ver ninguna mujer que tuviera un puesto muy alto en la organización. Todos eran hombres y en general, eran personas admiradas, todos y todas queríamos ser como ellos. La primera vez que me tocó escuchar sobre una mujer que tenía un super puesto, los comentarios sobre ella eran totalmente negativos. Decían que solo había logrado ese puesto porque se lo había “regalado” el director general del banco, que no estaba calificada porque había sido asistente en su pasado, que era malísima jefa y que era muy agresiva. Aunque nunca me tocó verla en persona, mi imagen de ella era que era una mujer con rasgos masculinos.


Si todo eso era cierto o no, nunca lo sabré, pero lo que sí supe con los años es que existe una penalización sobre las mujeres exitosas en sus trabajos. Resulta que cuanto mejor es una mujer en su trabajo, peor será vista por sus pares, incluso mujeres. Y también resulta que los hombres no tienen límites dentro del trabajo a los que se tengan que someter. Cuanto más exitosos, más queridos son. Cuanto más directos mejor percibidos son.


El estudio más conocido que demuestra este sesgo hacia las mujeres exitosas es el Estudio Heidi / Howard. Este estudio es mencionado en libros como Lean In y Ambitious like a mother. En 2003 en la Universidad de Columbia un profesor llamado Frank Flynn le presenta a la mitad de su clase un caso de estudio real de la Universidad de Negocios de Harvard sobre una inversionista de riesgo muy exitosa de Silicon Valley llamada Heidi Rozen. Y a la otra mitad de la clase le presenta el mismo caso de estudio solo cambiando el nombre a Howard. Tras una encuesta, los estudiantes calificaron a ambos igual de competentes pero les cayó mejor Howard que Heidi. Calificaron a Heidi como egoísta y que no estarían seguros de contratarla. Ser asertivo, directo y actuar con autoridad que son cualidades normalmente esperadas por un líder son perfectamente vistas en un hombre pero no en una mujer. Este estudio demuestra que cuando una mujer es exitosa, tanto hombres como mujeres tienen una percepción negativa sobre ella.


Según Sheryl Sandberg en el libro Lean In, “cuando una mujer resalta en su trabajo, tanto compañeros de trabajo hombres como mujeres resaltarán que puede ser que ella esté logrando muchas cosas pero no es tan querida por sus pares. Probablemente sea demasiado agresiva, no sepa jugar en equipo, sea muy política, no sea una persona de confianza o pueda ser considerada difícil”.


Frases como “debes controlar tu carácter” ha aparecido en alguna de mis evaluaciones en el trabajo. También frases del tipo “eres una persona con mucho carácter y eso a veces es difícil de manejar” la tuve que escuchar cara a cara de un compañero de trabajo. Una vez en mi vida, tuve la mala suerte de trabajar con un hombre que era una combinación de los que son ascendidos por potencial y no por resultados, sumado a que era de los que compiten para ganar adueñándose del trabajo de los demás, y que estaba en una búsqueda implacable por impresionar a nuestro nuevo jefe. Cuando le dije que de un tiempo atrás había tomado la mala costumbre de querer explicarme los conceptos que yo misma le había explicado unos meses antes, además de ponerse muy agresivo, como sacado de libro, su estrategia fue decirme que otras personas me consideraban difícil y que no era buena trabajando en equipo.


Por suerte para mi persona, aunque sí tengo mucho carácter soy de esas personas que casi siempre tienen la energía alta, son extrovertidas y que naturalmente están felices, por lo que es bastante difícil querer hacerme fama de ser una persona complicada para trabajar. Pero eso no quiere decir que cuando incomodo, no se intente.


En definitiva, a los corporativos no les gustan las mujeres con carácter, directas, que dicen lo que piensan sin pedir permiso ni perdón, que se defienden, que enfrentan a las personas que por alguna razón las molestan, y que además son buenas en su trabajo.


Lamentablemente tampoco ser modesta, perfil bajo, asociar tus logros a la suerte y no tu talento y ser muy femenina es garantía que vayas a obtener las oportunidades y el puesto que mereces, lo más probable es que no.




  1. Mansplaining, Manterrupting, Bropiating, Manspreading y Gaslighting.


Todos estos términos que están en inglés representan una acción que seguramente ya viviste, aunque no supieras que tenían nombre.


Mansplaining: cuando un hombre le explica algo a una mujer que ella ya sabe de forma condescendiente y paternalista.


Manterrupting: cuando un hombre interrumpe a una mujer.

Bropiating: cuando un hombre se apropia y se lleva el crédito por una idea que fue generada por una mujer.


Manspreading: práctica de algunos hombres de ocupar más espacio físico del que les corresponde.


Gaslighting: técnica de manipulación que consiste en cuestionar la cordura de una persona y desacreditar sus percepciones y recuerdos para que esta dude de su propio juicio.


¿Recuerdas la historia que mencioné arriba sobre esta discusión que tuve con un compañero de trabajo que se le había dado por explicarme lo que yo misma le había enseñado unos meses antes? La verdad es que la discusión se volvió tan fea que nunca llegué a poder decirle que hacía todas y cada una de las acciones que mencioné arriba y solo terminé rayando mi auto cuando salí de la oficina de lo alterada que estaba.


Nunca me había tocado tener que trabajar con una persona que tenía todas estas “malas costumbres” juntas y es una experiencia que espero nunca más tener que volver a vivir, pero me dejó claro que el trabajo corporativo quiere mujeres sumisas, como dice el dicho popular “flojitas y cooperando”.


Seguramente fue mejor que la conversación no se tornara más extensivamente sobre sesgos de género, dado que no importa cuánta razón tengan las mujeres, alegar cualquier argumento que esté relacionado a un trato desigual por el hecho de ser mujeres, casi seguramente terminará en consecuencias negativas para ellas. En este caso, dado que era un compañero y no mi jefe, una persona jóven que creía le vendría bien tener esta información, decidí arriesgarme.


La realidad es que no es trabajo de las mujeres educar a sus compañeros de trabajo sobre los sesgos de género ni las actitudes machistas, sino que son las empresas desde la dirección las que tienen que hacerlo y dejar claro a todo el mundo que este tipo de comportamientos no son tolerados.


  1. Se espera que las mujeres seamos maternales.


Cuando pensamos en una madre, ¿en qué pensamos? Seguramente en una persona que ante todo cuida de otras personas y pone a los demás antes que a ella misma. Cualquier actitud que sea percibida como que no cumple con estos principios será castigada. Castigamos a las mujeres que se defienden, que no quieren hacer trabajo que no les corresponde, que negocian a su favor, que mencionan sus éxitos pasados. Queremos que las mujeres en el trabajo sean sumisas, humildes, calladas, obedientes, abnegadas, que acepten lo que se les ofrece sin negociar, agradecidas, generosas con su tiempo y trabajo, trabajadoras y responsables… esto y una foto de una madre de los años 50, lo mismo.

La historia de la discusión con mi compañero de trabajo terminó cuando en un momento le dije, ¿por qué quieres que me haga chiquita? En ese momento ví su cara de descolocado, de sorpresa. Al parecer nunca esperó que salieran esas palabras de mi boca. Creo que si no le hubiera dicho esa frase hubiera estado una hora más intentando que me retractara del hecho de pedirle que respete mi trabajo y que mejor se enfoque en el suyo. O que me ponga a llorar, quien sabe lo que pretendía.


  1. El club de Toby


Según ONU Mujeres, 19 de 193 países tienen jefas de gobierno mujeres. En las empresas, las mujeres CEOs representan el 10% en las 500 compañías más grandes del mundo. A nivel de todas las empresas se estima que ese número baja a 5%. De otros puestos directivos, se estima que las mujeres ocupan cerca del 20%. En México, las mujeres ocupan menos del 10% de los puestos en los Consejos de Administración.


Esto en la vida práctica significa que seguramente en la empresa que trabajes, el director general va a ser hombre, y los directores de las distintas áreas también van a ser en su mayoría hombres. Y esos hombres van a definir el futuro de tu carrera en esa empresa.


También significa que esos hombres seguramente se sientan cómodos trabajando entre ellos, con personas que son parecidas a ellos, que tienen los mismos temas de conversación, el mismo humor, la misma forma de comportarse y cuando piensen en cubrir una vacante, consciente o inconscientemente, piensen en un hombre. Seguramente también, esos hombres no tengan ni idea de los privilegios que gozan en el trabajo solo por ser hombres ni tengan ninguna intención de ceder el poder que tan cómodos los tiene.


Todos los cursos y libros de liderazgo femenino que conozco, lo primero que aconsejan a las mujeres es que dediquen mucho tiempo al networking y que se busquen un mentor. Urgen a las mujeres a que encuentren a esa persona que abogue por ellas. Quieren fomentar que las mujeres emulen el mismo comportamiento que tienen los hombres. Dado que ellos ocupan casi todos los puestos directivos, es normal que tengan un grupo de otros hombres, ex compañeros de estudios, trabajos anteriores o amigos de la infancia y que se vayan jalando los unos a los otros. Esto difícilmente suceda con las mujeres. Los puestos bajos o medios de las empresas no suelen tener mucho poder de decisión a la hora de llenar vacantes.


Por otro lado, como las mujeres cargan con la mayoría del trabajo relacionado al hogar y los hijos, difícilmente tengan tiempo para quedarse socializando en la oficina fuera de hora y por lo tanto, difícilmente sean lo suficientemente cercanas a alguien que tenga el poder de darles una buena oportunidad de crecimiento en la empresa. Esto asumiendo que fueran invitadas a esas convivencias, porque lo más probable es que no lo sean. En definitiva, el club de toby es un club cerrado y seguramente no seas bienvenida o si te invitan seas considerada ciudadana de segunda.


Se puede vivir sin un mentor y sin hacer demasiado networking, al final la mayoría de las mujeres viven así a diario. Lo que sí creo es que si estás trabajando en una empresa, debes asegurarte de tener un buen jefe, eso sí no es opcional. Muchas veces se dan cambios en las empresas que no esperamos y terminamos reportándole a una persona diferente de un día para otro. A veces aceptamos un puesto para trabajar con una persona en específico y esa persona a los pocos meses se va a trabajar a otra empresa. Eso ya me pasó 2 veces. Si la relación con tu jefe es mala, tienes que ver la forma de moverte, no hay forma que puedas ganar. Debes moverte de área o incluso de empresa. Ya el tema de que se te reconozca por tu trabajo a través de un mejor puesto se vuelve secundario, es un tema de supervivencia y de ir a trabajar todos los días a un lugar donde te sientas cómoda.


  1. Las carreras corporativas son un maratón


Incluso cuando se deje a la mitad de la población afuera a la hora de considerar las vacantes de los puestos más altos (es decir, a nosotras, las mujeres), e incluso en las empresas más grandes que tienen varios niveles de dirección, siempre va a haber más gente compitiendo por esos puestos que vacantes disponibles. En la mayoría de los casos, lograr tener un puesto de esos significa carreras de 20 años, mucho estrés, mucha competencia, mucha política de la que no consideramos buena y una mala calidad de vida. Aún si lo logras relativamente rápido, seguramente quedes ahí por el resto de tu carrera ya que directores generales hay menos aún y de igual forma puedes sentirte estancado y cansado de estar siempre en el mismo lugar. Si eres mujer, tienes que tener diez veces más paciencia para algo que hay chances muy altas que nunca llegue.


¿Entonces qué hacemos? Mi interpretación del libro Lean In, así como de otros libros de liderazgo femenino es que hay que aguantar hasta que las mujeres logremos estar representadas de forma igualitaria con los hombres. Es decir, que tengamos el 50% de los puestos directivos, de las direcciones generales y de las jefaturas de gobierno. En ese momento difícilmente se pueda tachar de difícil a la mitad de los líderes, en ese momento habrá mujeres que sean mentoras de otras mujeres y en ese momento habrá mujeres que también jalen a otras mujeres con ellas. Si bien creo que eso es lo que todas aspiramos y lo que es justo, también creo que debemos preguntarnos si es lo que realmente cada una de nosotras quiere. Hoy existe la información para tomar mejores decisiones y podemos evaluar nuestras opciones a la hora de decidir el camino que queremos seguir.


En mi caso no sé si hubiera considerado otro camino, estaba tan convencida que quería trabajar en una empresa, específicamente en un banco, lo sentía como un llamado aunque no conociera a nadie cercano que haya hecho carrera en uno ni tenía idea de que es lo que quería hacer allí. Pero es un hecho que no tenía toda la información relevante.


Primero, que el objetivo profesional más importante de la vida adulta es conseguir la libertad financiera, que es el habilitador para lograr todas las demás libertades. Y esta libertad financiera no es ganar un sueldo importante, sino generar suficientes ingresos pasivos para tener nuestros gastos cubiertos con poco o nada de esfuerzo (https://www.ellaxella.net/post/money-money-money). La carrera de la rata representa el juego del estatus que menciona Naval Ravikant, pero el juego que hay que jugar, según sus palabras, es el juego de la riqueza.


Segundo, tu primer trabajo no tiene que ser tu último trabajo. Conseguir un trabajo en una empresa puede ser una gran escuela y una forma de comenzar a construir un historial laboral, pero no quiere decir que tu único plan de vida profesional sea trabajar en una organización así.


Tercero, tendrías que preguntarte cómo visualizas esa vida laboral. ¿Realmente quieres llegar a tener un puesto de mucha responsabilidad y estrés o en realidad quieres un trabajo que te guste pero que no demande tanto de ti? ¿Prefieres la seguridad de saber que todos los meses o quincenas llega invariablemente tu sueldo o podrías vivir con más incertidumbre? ¿Te emociona pensar en la idea de construir algo tuyo o para nada te imaginas haciéndolo? ¿Te gusta tener contacto directo con clientes o prefieres trabajar en algo que los beneficie de forma indirecta? ¿Quieres tener control de tus horarios o no te molesta cumplir un horario laboral aunque sea fijo y no lo puedes cambiar? ¿Quieres trabajar desde tu casa o no te molesta tener que ir a la oficina todos los días? ¿Te gustan las rutinas o prefieres cambiar constantemente? ¿Te imaginás trabajando en el mismo lugar por más de una década? Creo que las respuestas a estas preguntas y otras, pueden ayudarte a crear un mejor plan de vida.


¿Te acuerdas que te decía que salí de la pandemia transformada? Lo hice, porque pude contestar muchas de esas preguntas. En la pandemia, como en ningún otro momento, desaparecieron todas las actividades que solemos tener en una vida normal. No solamente el tráfico hacia y desde la oficina, ni todos los cumpleaños y demás compromisos familiares que ya por vivir fuera de mi país no tengo. Sino las idas a la escuela, médico, supermercado, compras de todo tipo, peluquería, gimnasio, clases extras y entretenimiento. A pesar de la cantidad de tareas que se sumaron por estar todo el día en casa, sin ayuda, y con dos niños con clases en línea, el espacio mental que se me liberó me permitió enfocarme como nunca antes lo había podido hacer en mi trabajo. Trabajaba toda la semana, incluyendo los fines de semana y por momentos sentía que la silla de mi escritorio tenía algún tipo de pegamento que hacía que no me pudiera levantar. Pude crear el proyecto más desafiante hasta ahora en mi carrera contratando a cada persona desde cero sin conocerlos personalmente.


Y me di cuenta que lo que me mueve en el trabajo es estar a cargo de proyectos que considero tienen impacto hacia clientes finales, tener un equipo que sea realmente un equipo, de gente apasionada, comprometida, que se divierte haciendo cosas grandes, trabajando colaborativamente, donde todos se sienten parte, pueden ser auténticos y se sienten seguros. Nada me mueve más que liderar un gran equipo de trabajo.


Me di cuenta que no necesito el reconocimiento externo pero sí me es muy importante que mi jefe sí entienda y valore el esfuerzo que estoy haciendo y que pueda ser auténtica con él, que me conozca como soy, sin tener que jugar el papel de la alta ejecutiva de libro de liderazgo femenino. También me es importante que me caiga bien como persona y si es posible, que lo admire.


Me di cuenta que la libertad es muy importante para mi, y que poder elegir desde donde trabajar me da felicidad. Que la obligación de tener que ir todos los días a un lugar y perder la cantidad de tiempo que se pierde es algo que me cansa, y me aburre. Al final no importa donde esté siempre seré una intensa. Me di cuenta que no tengo ningún interés en entrar en ninguna competencia con nadie por un puesto imaginario en el futuro pero tampoco quiero estar en un lugar donde no pueda explotar todo mi potencial. Hacer cada vez más y mejores cosas es algo importante para mi. El cambio, los desafíos, la resolución de problemas grandes es lo que me mueve. No me interesa la pose ni seguir los consejos de Nice girls don’t get the corner office, me interesa estar en un lugar donde pueda ser auténtica y me sienta cómoda.


Y finalmente, después de tantos años, logré dominar mi síndrome del impostor y no actuar desde la inseguridad ni las ganas de pertenecer. Cuando volví a la oficina después de 2 años me pasó algo muy curioso. De repente en muchas de las juntas que iba, tenía personas enfrente diciendo o explicando las mismas cosas que yo había descubierto en esos 2 años pero que además estaban en una presentación de lecciones aprendidas. Lo más curioso es que esas personas por momentos usaban hasta las mismas palabras que yo usaba, incluso aunque algunas fueran muy particularmente mías y algunas más bien típicas de otro país. No, no creo que haya una conspiración para robarme ideas. Por loco que suene, creo que era el universo el que estaba propiciando situaciones tan absurdas y tan seguidas, para que como con un golpe de una piedra en la cabeza, entienda que cualquier prueba que me haya puesto en mi imaginación de lo que tenía que demostrar, ya la había superado. Y que me espera una larga (espero) vida llena de aprendizajes y desafíos que resolver pero desde un lugar de suficiencia, de seguridad, de ser dueña de mis logros y mi empuje, y sobre todo sin sentir que tengo que hacerme menos para no incomodar.




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