top of page

Creciendo mirando revistas por horas y horas

Actualizado: 3 oct 2022

Crecí viviendo mitad en mi casa y mitad en la casa de mi abuela, que estaba a 3 cuadras. Tengo la suerte de tener a mi abuela viva y que sintiera su casa como mía, aún hoy así lo siento aunque mi casa quede a miles de kilómetros de la de ella. Además mi abuela, entre una infinidad de cosas, nos daba de comer cada día llegando del colegio y ahí me quedaba por varias horas más.


No era la única persona que le encantaba pasar tiempo en la casa de mi abuela, muchos familiares y amigos pasaban cada día en la tarde pero más en los del fin de semana, a charlar un rato. El paso de toda esta gente dejaba un sinfín de comida no necesariamente de la más saludable y también varias revistas femeninas. Los nombres que se me vienen a la mente son “Hola”, “Gente”, “Para ti” y “Vanidades” pero seguro habían algunas otras más.


Y a mi me encantaban. Amaba ver revistas. No sé si por las revistas en sí mismas o porque me encanta leer y me encantan los temas de “actualidad”. Pero eso lo puedo racionalizar hoy, en aquel momento solo revisaba entre la pila de revistas para encontrar las nuevas, las que no había leído y las devoraba.


Hoy siento tristeza por esa adolescente. Siento tristeza que esa chica ávida por encontrar información del mundo la forma más presente de encontrarla fuera a través de revistas femeninas con ese tipo de contenido. En el mundo actual donde existe un podcast y página web sobre cada tema que puedas estar interesado, ver el mundo a través de revistas de moda donde los artículos que no mostraban alguna modelo o actriz cuasi sin ropa tenían que ver con dietas y las mil formas de enflacar, suena bastante pobre.


Lamentablemente fui ávida consumidora de todo ese contenido y por supuesto me compré todos los mensajes que destilaban. Empezando por endiosar a las modelos, me acuerdo que miraba las fotos de las publicidades o entrevistas y no podía dejar de verlas. Claramente no me parecía nada a ellas, sobre todo cuando en mi adolescencia casi de la noche a la mañana, 6 meses para ser exactos, subí 15 kilos. En ese momento comenzó la obsesión por el peso que aunque lo fui controlando un poco con los años, en algún momento tuve que aceptar que en esta vida ya no alcanzaré a vivir un solo día sin tener varios pensamientos relacionados a mi cuerpo. El mensaje se implantó; “las mujeres tenemos que ser flacas”; y sinceramente no creo que ni toda la consciencia del mundo logre sacarlo.


De todas maneras, creo que es valioso reflexionar respecto a si esto podría haber sido diferente y los impactos que algo que se ve tan tonto puedira tener. Me vienen 2 cosas a la mente. La primera es la falta de “role models” con las que crecemos las mujeres. Mirando hacia atrás me doy cuenta que de niña y adolescente la imagen de mujer adulta era una mujer desnuda y con un cuerpazo. Estaban en todos lados, revistas, televisión, en las publicidades de las calles. Según la ONU Mujeres en todo el mundo, las mujeres y las niñas están considerablemente subrepresentadas: desde la política y el entretenimiento hasta los lugares de trabajo. En esta misma publicación se encuentran cifras de distintos ámbitos como el político, ciencia y periodismo pero solo para mencionar los datos que más me llamaron la atención, en los 92 años que tienen de existencia los Premios Oscar solo una mujer ganó el premio como Mejor Director. Lo mismo ocurre en el Festival de Cine de Cannes. En el mundo de la cocina, solo 5 mujeres chefs tienen 3 estrellas Michelin en todo el mundo. Después de darle de comer a toda la humanidad por siglos, así de magro es el reconocimiento.


El segundo pensamiento que me viene con el mandato de la flacura en las mujeres son las enfermedades que provoca. Además del pensamiento constante e invasivo que contamina cada experiencia de comer, comprar ropa o pasar enfrente a un espejo, el mandato de la flacura genera enfermedades graves como la bulimia y la anorexia.


Cuando era adolescente recuerdo algunos casos de chicas que pasaban a pesar “cero” en la secundaria. Lo más cerca que estuvieron estas enfermedades de mi fue a través del grupo de amigas de una amiga muy cercana y muy querida que comenzó con la costumbre de salir a comer juntas a un restaurante de hamburguesas y luego vomitar. Como salía con ellas en algunas ocasiones no me quedé atrás probando y resulta que si puedo vomitar metiendo los dedos hasta la garganta pero por suerte la experiencia no me gustó y no me quedó como un hábito. De más está decir que ni eso ni “la dieta de la luna” hicieron que adelgazara un solo kilo. Con los años, mejores hábitos alimenticios y hormonas más controladas el peso volvió a su lugar poco a poco. Sin embargo, no en todos los casos es así. Según Forbes, en los últimos 20 años, los desórdenes alimenticios aumentaron 300% en el país (México) y cada año se registran cerca de 20,000 casos de anorexia y bulimia, siendo la población entre 15 y 19 años de edad la más afectada. Y aún cuando sí logras dominar el tema del peso, nunca se te va de la cabeza, el miedo a engordar es permanente, se convierte en pánico y rechazo profundo a tu cuerpo. ¿Cuáles serán las consecuencias de tener tanto rechazo de tu cuerpo? ¿Cuáles serán las consecuencias de decirle a tu cuerpo mil veces por día lo feo que es de forma consciente e inconsciente? Hoy estoy segura que muchas.


De las consecuencias que ya están estudiadas sabemos que la obsesión por el cuerpo lleva a un profundo declive de la autoestima. Incluso existe una enfermedad mental llamada “trastorno dismórfico corporal” que puede surgir cuando no podemos dejar de pensar en uno o más defectos que creemos que tenemos. Según la Clínica Mayo la preocupación por tu apariencia, los pensamientos excesivos y los comportamientos repetitivos pueden ser indeseables, ser difíciles de controlar y consumirte tanto tiempo que pueden causar una gran aflicción o problemas en tu vida social, trabajo, escuela u otras áreas de funcionamiento.


Creo que todas las mujeres sabemos que la obsesión por el cuerpo y por el peso son sumamente negativas y que daríamos cualquier cosa por sentirnos bien con nosotras mismas. No necesitamos ningún estudio que nos lo compruebe ni le ponga nombre. También sabemos que aún cuando no lleguemos al punto de una enfermedad mental, escapar del mandato es casi imposible. Al menos yo no conozco ninguna mujer que lo haya logrado.


Tratando de abstraerme de mi propia realidad y mirar con un poco de distancia esta obsesión generalizada por el cuerpo de la mujer que recibe atención desproporcionada en todo el mundo me surgen dos preguntas. La primera es ¿cuál es realmente el cuerpo “natural” de una mujer? Mirando a mi alrededor no veo muchas mujeres flacas como modelo ni yo lo soy. Y segundo, me pregunto, asumiendo que no hubiera ningún sustento en que la mujer tiene que ser flaca como un palo, ¿qué justifica tal obsesión entonces?


Según el American Journal of Clinical Nutrition, el porcentaje de grasa corporal de una mujer debe estar entre 21%-35% y en los hombres entre 8%-24% de acuerdo al rango de edad. Las malas lenguas dicen que las modelos tienen menos de 18% de grasa corporal. En las mujeres un bajo porcentaje de grasa corporal puede llevar a una baja producción de estrógenos que a su vez puede llevar a problemas de fertilidad y una baja del deseo sexual, disminución de masa ósea y por consiguiente mayor probabilidad de lesiones y otros síntomas como fatiga, irritabilidad, ansiedad y cambios de humor. Todos los que hemos hecho alguna dieta sabemos de los síntomas psicológicos de comer poco. En mi caso cuánto menos se supone que debo comer, más pienso en comida. ¿Cuánto tiempo pienso en comida? Mucho tiempo, mucho más del que debería. Por eso odio las dietas y procuro no hacerlas.


Ahora, si las mujeres no tenemos que ser naturalmente un palo porque eso no nos trae nada bueno, ¿de dónde salió esta desproporcionada obsesión porque estemos flacas? Según el libro “The beauty myth” de Naomi Wolf, la obsesión porque la mujer esté flaca no es una obsesión sobre la belleza femenina, ni siquiera sobre salud, sino una obsesión sobre una mujer obediente. La autora dice que esta atención compulsiva y melodramática en realidad tiene que ver con cuánta libertad social vamos a tener concedida las mujeres. Es una forma de contrarrestar los avances que hemos tenido en las últimas décadas. Cuánto más financieramente independientes, en control, educadas y sexualmente autónomas seamos las mujeres en el mundo, más pobres, fuera de control, tontas y sexualmente inseguras nos piden que nos sintamos en nuestro cuerpo.


Independientemente si la obsesión por la flacura femenina surgió como respuesta a las libertades ganadas, lo que para mí sí está claro es que haber crecido sin modelos a seguir, y no las de las revistas, tiene consecuencias mucho más profundas de las que podemos medir. La representatividad es importante. Si para crear primero tenemos que soñar y para soñar primero tenemos que ver, es imposible que una chica joven sueñe y cree algo que no puede ver, que nunca ha visto y de lo que nunca nadie le ha hablado. Por otro lado, invertirle la cantidad de tiempo que le invertimos en pensar en temas relacionados con el cuerpo, simplemente es una pérdida completa. Todos sabemos que el tiempo es limitado y que no es algo que se pueda recuperar. También sabemos que el día tiene las mismas 24 horas para cada persona en el planeta y que por más privilegiado que seas no hay nada que puedas hacer para extender el día. Suponiendo que le invirtamos una hora al día a pensar en temas relacionados con el cuerpo, sean las cosas horribles que nos decimos cada vez que pasamos por un espejo o nos vemos en algún reflejo, sea la disyuntiva que tenemos al comer o al planificar las comidas, sea el tiempo que pasamos frente a un espejo probándonos ropa en nuestra casa o en alguna tienda decidiendo si disimula todo aquello que no nos gusta, podemos decir que una mujer de cuarenta años ha pasado al menos diez mil horas pensando en su cuerpo. Tomando como referencia el famoso libro de Malcom Gladwell “Outliers” que populariza la regla de que diez mil horas es el número mágico para convertirse en exitoso en una actividad complicada, ¿no sería más provechoso usar esas diez mil horas en alguna actividad más productiva? ¿Qué crees que podrías lograr si te regalaran diez mil horas? ¿A qué se las dedicarías?


Te invito a que hagas una lista de temas que te gustan o te interesan y que cada vez que te descubras malgastando tu tiempo con pensamientos relacionados a tu cuerpo te digas a ti misma “basta” y cambies a una de esas actividades. Difícilmente podamos eliminar esos pensamientos si ya están instalados en nuestro cerebro desde lo que parece ser toda nuestra existencia, pero podemos intentar ser más conscientes cuando aparecen y no dedicarle más de unos segundos. Lo bueno es que escuchar el último episodio de tus podcasts favoritos o avanzar un poco más en un audiolibro es algo que se puede hacer casi en cualquier lado y hasta haciendo otras cosas. Lo que nuestro cerebro es capaz de producir es totalmente dependiente de la información que le entra. De ratitos en ratitos, en una de esas descubrimos algo increíble del otro lado.




7 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
Publicar: Blog2_Post
bottom of page